El suave y leve susurro de una brisa oscura, acarició mi nuca y mi oreja al amanecer. No entendí lo
que quería decirme, no tendría importancia.
Un dolorcillo punzante en el costado derecho de mi pecho me
despertó, no tanto por lo doloroso como por lo molesto. En pocos segundos ya no
lo notaba.
Esa mañana amaneció
rojo, como un día perfecto para desayunar con diamantes. El chófer aparcó en la
puerta de casa y tardé muy poco en acomodarme en la parte trasera del vehículo.
Un lacerante dolor recorrió mi cuerpo, cual resaca. Llevaba
un tiempo siendo mi compañero infatigable e inseparable. En mis brazos, en mis
piernas en mi pecho, en mi cabeza. Este seguí notándolo a lo largo del día.
Rápidamente llegamos a nuestro destino. El mismo sitio donde
día tras día mi vida iba transcurriendo; monótona, gris, aburrida, verde,
tediosa y blanca. Nada más llegar, salieron como siempre a recibirnos,
ajetreados, nerviosos, mojados por el llanto angelical con el que nos había
obsequiado el cielo. Volví a notar la brisa en mi oído y en mi nuca,
acariciándome de nuevo, y nuevamente no pude entenderla: ¿Qué querría
decirme? .
Note mi pecho hinchado, pero no me dio tiempo a preguntarme
porque, ya que desvié mi ojos hacia mi mano que acababa de ser traspasada por
una punzada penetrante y dolorosa. De repente Morfeo me hechizó, y no pude
resistirme. Tampoco quería hacerlo, pues era el único modo de evitar a mi
inseparable y nada deseado compañero, así que caí rendido ante él, y pude ver
blancos ángeles guiándome y
protegiéndome en mi sueño, aliviando mis punzadas, sedando mi cuerpo,
transportándome a verdes prados, a ríos cristalinos y azules, a cielos llenos
de nubes, hasta que…
…estas se transformaron en tormenta, cuya lluvia me calaba
hasta dejarme totalmente empapado. Truenos, rayos y relámpagos se acercaban
hacía donde me encontraba, trayendo la tormenta hacía mí.
Poco a poco el agua de las nubes caía con más fuerza, y yo
empezaba a notar las gotas como punzadas en mis brazos, en mis manos, en mis
piernas…doliéndome cada vez más. Cuando el dolor empezaba a ser insoportable,
notaba como las gotas me atravesaban el cuerpo, y entonces note de nuevo en mi
nuca y en mi oído ese suave y leve susurro de brisa oscura.
Súbitamente un relámpago ocupó todo el cielo, y un fogonazo
blanco y verde me trajo a un despertar agónico, con punzadas en todo mi cuerpo. Intentaba moverme para calmar
y evitar las punzadas, pero todo era inútil, hasta que de nuevo un ángel blanco
me rescató, llevándome de nuevo al cielo claro y sin tormenta.
Estaba disfrutando de la tranquilidad de flotar entre nubes,
cuando la tormenta de antes volvió a arreciar, ahora con más fuerza, y donde
antes había lluvia, ahora era granizo lo que golpeaba mi maltrecho cuerpo, no
dejándome ni tan siquiera opción a gritar pidiendo ayuda, ni a quejarme de
dolor. De repente, una cálida sensación cubrió mi espalda y mi oído izquierdo,
y reconocí a mi compañero el susurro, ahora
con forma de sombra, intentando abrazarme.
Nuevamente el relámpago y el fogonazo verde y blanco me llevaron
a un mundo de pinchazos, a un mundo de agonía, a un mundo de terror, y cuando
todo parecía perdido, no podía más y estaba a punto de desmayarme por el dolor,
de nuevo mi precioso ángel blanco vino a socorrerme, a sacarme de una realidad
de pesadilla. De nuevo aparecí en mi idílico sueño de verdes praderas, ríos
claros y cristalinos y nubes blancas, pero no duro demasiado.
Rápidamente antes de que la tormenta apareciese, la brisa
oscura apareció ante mí. Ya no era un susurro, ni tampoco era leve. Ahora
aparecía bien definida ante mí, montada en un corcel blanco; y consigo venía
una noche oscura, fría, eterna, y ahora si entendí lo que desde hace tanto
tiempo intentaba decirme…
…DESCANSA, TODO ESTA BIEN YA, YO ME OCUPO A PARTIR DE AHORA.
Y el dolor cesó…para
siempre.


No hay comentarios:
Publicar un comentario